La informalidad laboral: el problema que todos ven pero pocos dimensionan

La informalidad laboral: el problema que todos ven pero pocos dimensionan

La informalidad laboral se ha convertido en uno de los principales desafíos estructurales de Sudamérica, pero a diferencia de otras crisis económicas visibles como la inflación o la deuda pública, su impacto suele pasar desapercibido en el debate público. Sin embargo, las cifras son contundentes y revelan una realidad que debería encender alarmas: en muchos países de la región entre el 40% y el 70% de los trabajadores se encuentran fuera del sistema formal. Esto significa que millones de personas trabajan sin protección social, sin contribuciones a pensiones y sin participar plenamente en el sistema tributario. La informalidad no es simplemente un indicador social; es un fenómeno macroeconómico profundo que debilita la sostenibilidad fiscal, compromete los sistemas de pensiones y limita el crecimiento económico de largo plazo.

Cuando observamos datos comparativos recientes, países como Bolivia y Perú superan el 70% de informalidad laboral, mientras Ecuador y Colombia se ubican alrededor del 55% al 60%, cifras significativamente más altas que las economías con menor informalidad como Chile o Uruguay, donde la tasa se acerca al 25%. Estas diferencias no son solo estadísticas; reflejan modelos económicos distintos y niveles de institucionalidad que impactan directamente en la capacidad del Estado para sostener servicios públicos y generar desarrollo inclusivo.

Qué es realmente la informalidad laboral y por qué importa

La informalidad laboral no se limita a la ausencia de contratos formales. Incluye trabajadores sin afiliación a la seguridad social, autoempleo no registrado, pequeñas unidades productivas que operan fuera del marco regulatorio y actividades económicas que no contribuyen al sistema tributario. Esta realidad genera una dualidad económica donde una minoría formal sostiene la mayor parte de la carga fiscal y contributiva, mientras una mayoría informal permanece fuera del sistema.

Este fenómeno tiene implicaciones profundas. En primer lugar, reduce la productividad agregada porque las empresas informales suelen ser más pequeñas, menos capitalizadas y con menor acceso a financiamiento. En segundo lugar, limita la capacidad del Estado para planificar políticas públicas sostenibles, ya que la base tributaria es reducida y altamente concentrada. Finalmente, crea un círculo vicioso donde la baja confianza en las instituciones refuerza la decisión de permanecer en la informalidad.

El cáncer silencioso de los sistemas de pensiones

Uno de los impactos más críticos de la informalidad laboral es su efecto sobre la sostenibilidad de los sistemas de pensiones. La mayoría de los países sudamericanos utilizan esquemas basados en contribuciones donde los trabajadores activos financian las pensiones actuales. Cuando más de la mitad de la fuerza laboral no contribuye regularmente, el sistema pierde su base financiera y se vuelve insostenible.

Las cifras muestran que a medida que la población envejece, el número de cotizantes formales por pensionista disminuye. Esto genera déficits actuariales crecientes que obligan a los gobiernos a cubrir las brechas con recursos fiscales o endeudamiento público. En otras palabras, la informalidad laboral no solo afecta a quienes están fuera del sistema; también pone en riesgo la estabilidad económica de quienes sí participan en él.

En países con alta informalidad, el sistema de pensiones se convierte en un esquema de transferencias financiado por impuestos generales, lo que aumenta la presión fiscal y reduce el espacio para inversión pública en educación, salud o infraestructura. Esta dinámica refuerza la idea de que la informalidad es un cáncer estructural que deteriora progresivamente la capacidad del Estado.

El enorme potencial tributario perdido

La informalidad representa también una fuente masiva de recursos tributarios no capturados. Millones de transacciones económicas ocurren fuera del radar fiscal, reduciendo la recaudación y obligando a los gobiernos a depender excesivamente de un grupo reducido de contribuyentes formales. Esto genera un sistema tributario percibido como injusto, donde quienes cumplen enfrentan mayores cargas fiscales mientras quienes operan informalmente quedan fuera.

Si incluso una fracción del sector informal se integrara al sistema formal, muchos países podrían reducir sus déficits estructurales y mejorar la sostenibilidad de sus finanzas públicas. Sin embargo, la formalización no puede basarse únicamente en medidas coercitivas o aumento de controles; requiere comprender las razones por las cuales tantos trabajadores eligen permanecer fuera del sistema.

La informalidad voluntaria y el problema de los incentivos

Un error común en el análisis es asumir que toda informalidad es consecuencia de pobreza o exclusión. En realidad, existe una informalidad voluntaria basada en decisiones económicas racionales. Muchos trabajadores perciben que los beneficios de la formalidad no compensan sus costos. Si la calidad de la educación pública es baja, el acceso al sistema de salud es limitado y las pensiones futuras son inciertas, el incentivo para formalizarse disminuye significativamente.

Esta situación refleja un problema profundo de diseño institucional. Cuando los ciudadanos no perciben valor tangible en contribuir al sistema, la informalidad se convierte en una estrategia racional de supervivencia económica. Esto explica por qué en algunos países con crecimiento económico positivo la informalidad apenas disminuye.

Corrupción, falta de rendición de cuentas y pérdida de confianza

La informalidad también está estrechamente vinculada con la confianza institucional. Altos niveles de corrupción o la percepción de mala gestión pública reducen la disposición de los ciudadanos a pagar impuestos o participar en sistemas formales. La falta de rendición de cuentas genera un círculo vicioso donde el Estado pierde legitimidad, disminuye el cumplimiento voluntario y aumenta la economía informal.

Cuando los contribuyentes sienten que sus recursos son mal utilizados o desviados, la formalidad deja de ser vista como una obligación cívica y pasa a percibirse como un costo innecesario. Este factor cultural e institucional es tan importante como las variables económicas tradicionales.

Comparación regional y posicionamiento de Ecuador

El análisis comparativo muestra que Sudamérica se divide en tres bloques claros. Un primer grupo con informalidad muy alta, superior al 60%, incluye economías con estructuras productivas menos diversificadas. Un segundo grupo, donde se ubican Ecuador y Colombia, presenta niveles altos pero con sectores formales relevantes. Finalmente, países como Chile y Uruguay han logrado reducir la informalidad mediante políticas institucionales más consistentes y sistemas públicos percibidos como más confiables.

Ecuador destaca como un caso particularmente relevante porque combina dolarización, estabilidad monetaria relativa y, sin embargo, niveles elevados de informalidad. Esto sugiere que la informalidad no depende únicamente de variables macroeconómicas tradicionales, sino de factores institucionales, regulatorios y de confianza social.

La persistencia de altos niveles de informalidad limita el crecimiento económico potencial. Las empresas informales tienen menor acceso a crédito, tecnología y mercados internacionales, lo que reduce la productividad general. Además, la informalidad dificulta la implementación de políticas públicas efectivas, ya que gran parte de la actividad económica ocurre fuera del alcance institucional.

A largo plazo, esto se traduce en menor innovación, salarios más bajos y una estructura económica fragmentada. La informalidad no solo es un síntoma de subdesarrollo; también es una causa que perpetúa la desigualdad y la falta de movilidad social.

Conclusión: redefinir el contrato social en Sudamérica

La informalidad laboral no es un fenómeno temporal ni una simple consecuencia de crisis económicas. Es un problema estructural que amenaza la sostenibilidad fiscal, debilita los sistemas de pensiones y reduce el potencial de crecimiento de Sudamérica. Abordarla requiere reconocer que la formalidad no puede imponerse únicamente mediante regulaciones; debe construirse a través de instituciones confiables, servicios públicos de calidad y un nuevo contrato social donde los ciudadanos perciban beneficios reales por participar en el sistema formal. Solo entonces la región podrá transformar lo que hoy funciona como un cáncer silencioso en una oportunidad para un desarrollo económico más sostenible y equitativo.

Bibliografía

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